SOBRE LA CIMA DE LA MONTAÑA



Cuatro de abril de 1968 – 6:05 pm (Mephis Tennesse, EEUU). La conmoción reina en las inmediaciones del Motel Lorraine, los gritos no cesan y todos miran alrededor intentando precisar de dónde vino el disparo que postró a uno de los hombres más grandes del siglo XX: el Dr. Martin Luther King Jr.

Ralph Abernathy, colega y amigo del Dr. King, sostiene su cabeza ensangrentada mientras intenta auxiliarlo y, desesperadamente, mira sobre el balcón temiendo lo peor. Ni siquiera piensa en resguardarse a sí mismo ante un posible segundo ataque del francotirador. Todo lo que hay en su corazón es una plegaria al cielo ante un desenlace inevitable: en sus propios brazos se desvanece quien fuera la inspiración de millones alrededor del mundo.


El Dr. King fue declarado oficialmente muerto en el Hospital St. Joseph de Memphis a las 7:10 pm. En sólo cuestión de horas, tras conocerse la noticia, surgían reportes de disturbios en más de 100 ciudades a lo ancho y largo del país que generarían un saldo de 40 víctimas mortales. Para entonces ya era evidente que el asesino: James Earl Ray, no sólo tomó la vida del humilde reverendo de Atlanta, sino que generó una profunda crisis social y política que vino a fomentar la división entre blancos y negros en la ya polarizada sociedad estadounidense.


Todo esto cuando los afroamericanos apenas se recuperaban del asesinato de otro gran prohombre de la lucha por los derechos civiles Malcom X; ocurrido a escasos tres años (1965); sin mencionar las secuelas del también reciente asesinato del presidente John F. Kennedy en 1964.


La década de los sesenta pareció estar caracterizada por grandes magnicidios que sacudieron al mundo pero, probablemente, la frágil imagen, pacífico talante y temperamento amable del Dr. King hicieron de este caso algo particularmente difícil de asimilar; en especial por las imágenes in situ que lograra capturar el fotógrafo Joseph Low; quién acompañaba al equipo del reverendo en ese momento.


Comprender el legado del Dr. Martin Luther King Jr. es más que un esfuerzo de tipo intelectual. Las marchas multitudinarias, el célebre discurso “I have a Dream” en Washington DC (1963), la aprobación de la Ley de Derechos Civiles (1964), los decretos estadales y federales que prohibían la segregación racial y la creación de una conciencia global sobre el racismo en EEUU fueron los aspectos visibles de una lucha que fue, literal y metafóricamente, una cruzada por la liberación de un pueblo entero.


Siempre estuvo plenamente consciente de la dimensión espiritual implícita en su andar. No en vano la causa por los derechos civiles se gestó en el seno del movimiento cristiano protestante de las comunidades afroamericanas. Los principios de resistencia no violenta, promoción de la coexistencia pacífica y fraternidad entre blancos y negros hallaron su referente ideológico en la doctrina bíblica de Jesús de Nazaret.


Aunque, curiosamente, siendo el Dr. King de orientación cristiana-evangélica su discurso y concepción de sí mismo estaban fundamentados en la Torá o Pentateuco (libro más sagrado del Judaísmo). En sus sermones, la figura del líder Moisés, que liberó al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia, era lugar común. Famosa fue su última predicación, justo el día previo a su muerte “He estado en la cima de la montaña” a través de la cual, en tono profético, parecía asumirse consciente de su destino cuando declaraba: “He visto la tierra prometida; he estado en la cima de la montaña. Tal vez, en lo personal, no llegaré allí con ustedes pero sé que, como pueblo, sí llegaremos”.


Esta figura discursiva, en la que el Dr. King no se veía a sí mismo más allá de su juventud, fue una constante en sus meditaciones. Su amigo, el también reverendo, Walter Fauntroy recuerda las palabras que aquel le refirió en 1964 cuando intercambiaban ideas sobre el asesinato del presidente Kennedy: “¿Sabes Walter? Si mataron al presidente, tal vez yo no llegue a los 40 años”.


Tristemente las palabras de este gran hombre serían tomadas al pie de la letra por la providencia y para aquel 4 de abril, el Dr. Martin Luther King Jr. tenía exactamente 39 años, al ser interceptado por la bala de su asesino.


A 50 años de su partida, y a pesar de grandes conquistas, aún queda pendiente la llegada a la tierra prometida no sólo para los afroamericanos sino para los afrodescendientes en todo el mundo, quienes honramos su legado y seguimos trabajando por su gran sueño.

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