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ÁFRICA: EUROCENTRISMO PARA LA DOMINACIÓN

October 30, 2017

 

 

“Todo etnocentrismo tiene una racionalidad económica que, en última instancia, lo justifica y sostiene” Luis César Bou.

 

Por mucho que la aproximación científica obligue al investigador a ser ecléctico y valerse de diversos enfoques para explicar la realidad, los procesos sociales parecen estar altamente determinados por el factor económico como fuerza motora. De ahí que el Materialismo Histórico se mantenga vigente en tanto herramienta teórica para el abordaje de los fenómenos sociales y políticos.

 

Al posar los ojos sobre África, esta premisa parece mucho más cierta y ajustada a la realidad que en otros casos. El desarrollo de la economía mercantilista europea fue la fuerza profunda detrás de los cambios políticos y sociales en el continente madre a partir del siglo XV. El comercio triangular, la explotación de recursos agrícolas y minerales por parte de Inglaterra, Francia, España y otras potencias implicaban el necesario sometimiento y transculturización de la población que, aunque la historiografía suela invisibilizar, opuso una férrea resistencia. Ideologías como el Racismo y el Cristianismo no fueron más que medios para un fin: la dominación en pos de la apropiación de los recursos naturales.

 

En la obra “África y su Historia”, el autor Luis César Bou refleja de manera sucinta y en un lenguaje llano la dinámica que impidió el desarrollo de África como consecuencia de la dominación europea y sus efectos para las generaciones futuras.

 

El enfoque universal según el cual Europa es el centro del mundo y del proceso histórico de la humanidad ha determinado la forma en que el hombre se percibe a sí mismo y su entorno. Para prácticamente cualquier efecto, los parámetros a través de los cuales se aprecia la realidad son europeos: el método científico, el sistema métrico decimal, las teorías económicas y políticas, las expresiones artísticas y culturales y el deporte. Todas estas áreas y más responden, predominantemente, a patrones propios del viejo continente. Ello no tendría por qué ser diferente para África; histórico centro de abastecimiento de mano de obra y materia prima; cuyo tutelaje, por parte de Europa, lógicamente vendría a marcar al africano con sus usos y costumbres.

 

Más allá de la Europeización, lo cual constituye un fenómeno distinto en su naturaleza; el Eurocentrismo ha implicado la subordinación económica, intelectual, espiritual y política de África. Para la necesaria dominación por parte del colonizador, el primer territorio a conquistar era la mente; el imaginario social. Al traer a los nuevos territorios ideologías como el Cristianismo; se imponía la necesidad de validarlas para lograr su aceptación; más de las veces por la fuerza, pero con mucho más efectividad a través de la persuasión. Esto se lograba a través de la alienación de la población; la desvinculación con su cosmovisión propia; en la cual su entorno inmediato era el referente de su pensamiento y el reemplazo de aquella por una nueva verdad: el punto de partida era “la civilización” (España, Portugal, Francia u otra metrópolis ocupante); cualquier perspectiva que partiese de una premisa distinta resultaba irrelevante, tendenciosa, equivocada y, por supuesto, subversiva.

 

Una vez logrado el sometimiento y la dominación, se dio inicio a una eficaz expoliación de los recursos naturales y factores productivos de África por parte de Europa que, hoy en día; se mantiene a través de fórmulas menos invasivas pero igualmente certeras (Neocolonización). Si durante los siglos XV al XVII el interés en África se centraba en la obtención de mano de obra esclava; en el período subsiguiente, hasta actualidad, los recursos minerales y energéticos cobrarían un valor estratégico para las potencias europeas. Las formas de acceder a estos, indudablemente son distintas, pero la injerencia en la vida y la autodeterminación de los pueblos sigue muy vigente. En este sentido, las instituciones financieras internacionales se convierten en instrumentos efectivos para acceder a tales recursos, en función de lo cual, necesariamente, han de trascender el plano económico; dictando las pautas con respecto a los sistemas políticos de los Estados africanos y la forma en la que sus sociedades han de organizarse; todo desde la cosmovisión occidental por excelencia.

 

La percepción de Europa como el centro del mundo y las estructuras mentales coloniales en la población africana continúan sirviendo como plataformas para la dominación de las antiguas metrópolis. Premisas casi dogmáticas como “Francia es el epítome de la civilización”; permanecen muy arraigadas en el imaginario de África occidental por ejemplo. De ahí que el capital francés tenga una importante presencia en países como Senegal, Mali, Marruecos y los modos y costumbres de la sociedad faciliten las políticas intervencionistas al considerar que se trata; no de una potencia extranjera sino de la “madre patria”.

 

Ciertamente la explotación europea del continente africano durante siglos ha creado condiciones estructurales de dependencia económica, atraso tecnológico y científico que favorecen la intromisión de nuevas potencias emergentes como el extraordinario caso de China. Al no existir el nivel de desarrollo necesario para que la riqueza sea explotada por los propios africanos, el hecho de propiciar y/o aceptar la participación foránea (con las condiciones que estas impongan) se torna materia obligada. África requiere de instalaciones, capital y mano de obra extranjeros para acceder a los yacimientos petroleros, auríferos y minerales en general que, a motus propio, no podría aprovechar.

 

Autores como Luis César Bou, Walter Rodney y Franz Fanon plantean, con conceptos muy preclaros, el proceso de dominación de África por parte de Europa: la aculturación, la introyección de complejos de inferioridad y la vergüenza étnica; por ejemplo, fueron elementos que permitieron al colonizador moldear la mente del africano con respecto a sí mismo, al extremo de definir su identidad con base en constructos teóricos del viejo continente (Negro, Bantú) lo cual es extremadamente significativo. Si la identidad de un hombre viene dada por cierto referente; mal pudiera haber una oposición consciente a aquello que le dio su origen; su nombre. Y en este proceso lógicamente, la negación de la historicidad de África, previa a su interacción con Europa jugó un papel primordial. Los pueblos africanos, necesariamente (desde la óptica del dominador) debían ser salvajes, incultos e inferiores. De otra forma, mal pudieran haber sido civilizados y “salvados” por la cultura cristiana.

 

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